martes, 20 de octubre de 2009

La importancia de estirar las sábanas

Lara se levantaba una hora antes de coger el autobús para ir al colegio. El tiempo justo para ducharse, vestirse, desayunar y, sobretodo, para hacer su cama. Lo hacía despacio, acariciando las sábanas, colocando dulcemente la manta y guardando el calor, que aún permanecía presente, bajo su nórdico. Era como cerrar una caja de secretos, de sueños.

Desde que Lara le preguntó a su abuela por qué su cara parecía una pasa (de esas que ella aborrecía, pero que su mamá devoraba mientras veía las películas de los sábados), no dejaba que nadie se encargara de su cama.

- "Nunca hago la cama. Por eso, se me quedan las marcas de las arrugas de las sábanas por todo el cuerpo."- le susurró su abuela. Sin que cambiase la expresión de su cara, le guiñó un ojo, cogió sus acuarelas y se puso enfrente de su caballete a pintar. Lara tardó en reaccionar, pero su abuela estaba tan ensimismada en su pintura que no se dio cuenta de la estupefacción de la niña.

Gabriela, su compañera de asiento en su viaje hacia el colegio, le había repetido una y mil veces que las arrugas eran simplemente "cosas de viejos". Lara sabía que estaba completamente equivocada, pero no quería imaginarse lo embarazoso que sería decirle a su amiga que no estaba en lo cierto. Definitivamente, la imaginación de Gabriela no tenía límites.

"Cosas de viejos" era lo que mamá le decía a Lara cuando pasaban de la mano de la bisabuela junto a la plaza de la iglesia, y ésta se hacía una cruz en la cara. Lara pensaba en lo triste que se tendría que sentir su bisabuela tocando cuatro puntos distintos de su rostro, notando que sus arrugas eran cada vez más profundas. Era algo común entre los mayores, muchas otras mujeres lo hacían en esa misma plaza cada domingo.

Lara nunca se atrevió a decirle nada a Gabriela sobre la importancia de estirar las sábanas, pero cada vez que iba a su casa se aseguraba de pasar la mano sobre ellas el máximo número de veces posibles. Era difícil darse cuenta de cómo eran las cosas realmente.

jueves, 8 de octubre de 2009

¿Qué hacen los buzos?

Marco miró el buzón, sin ni siquiera saber cuál era el nombre que recibía aquel objeto enorme y amarillo que le hacía desplazarse a la izquierda en su camino hacia el colegio. Había visto a demasiadas personas depositar sobres de todos los colores y tamaños por aquella ranura. Se puso de puntillas y miró a través de la misma. Oscuridad.

A su hermana mayor, Sofía, a la que le encantaban las salchichas con tomate, le apasionaba la oscuridad. Cuando su hermano le preguntó sobre aquel enorme objeto amarillo, la niña dejó a un lado su cuaderno de pegatinas y se le acercó al oído. No todo el mundo podía acceder a tal valiosa información.

"Cuando alguien mete una carta en el buzón (se llama así porque los buzos los fines de semana van a limpiarlo al mar), ésta llega a un lugar del subsuelo en el que se reune con muchas más cartas. Allí, hay un grupo de mamás que se dedican a alegrar los mensajes de dichas cartas cuidadosamente. Eliminan los mensajes tristes y los sustituyen por buenas noticias. Alguien me contó que dos amigas que se echaban de menos, recibieron una gran noticia después de que una de ellas le mandase a la otra una postal de su último viaje..."

Marco miraba fijamente a su hermana. De repente, se levantó y fue a su cuarto a coger lápices y folios de colores. Quería que su hermana le enseñase a escribir.

lunes, 31 de agosto de 2009

Brillos en el recibidor

Noah pasaba las noches con su papá. Su mamá se iba a trabajar cuando a ella le tocaba cenar. Era relaciones públicas, como los colegios públicos, los jardines públicos o como el público que había ido a ver a aquel mago que estornudaba margaritas. Sería alérgico.

Todas las tardes, su mamá se calzaba los tacones y sacaba el estuche de maquillaje. Automáticamente, encendía la radio y empezaba a maquillarse. A Noah le encantaban todos aquellos colores brillantes. De mayor quería ser inventora de nuevos colores para rotuladores. Quería pintar con aquellos tonos. Un día lo hizo. Si miras fijamente la pared del recibidor, todavía se asoman sombras.

Sin pensárselo dos veces, se pegaba a su mamá y la miraba a través del espejo.

Cuando mamá ya le había dado el beso de despedida, y papá empezaba a llamarla para cenar, Noah corría hacia el cuarto de baño, se subía a la tapa del retrete y se miraba en el espejo. Todos los brillos que no habían querido quedarse en la cara de su mamá, habían llegado a la suya. Ya había vuelto a pasar. Se había convertido otra vez en hada. Ahora sólo quedaba esperar a que papá se durmiera y salir a llenarle la boca al mago de margaritas.

martes, 18 de agosto de 2009

sábado, 15 de agosto de 2009

Persiguiendo perseidas

Aquella mañana, antes de llegar al parque, escuchó la palabra "perseidas" en tres ocasiones. No preguntó por su significado, a pesar de no tenerlo del todo claro. Había deducido que aquella pareja de hermanos hablaba de estrellas. Lluvia de estrellas. Eran las nueve y diecisiete de la mañana del 12 de Agosto.
Miró al cielo. Estaba nublado.
Sacó su libro de la mochila. Antes de volver a casa lo devolvería a la biblioteca. Estaba totalmente absorta, cuando algo le tocó los pies. La cola de la cometa de Inés. Poco después llegó Manuela hablando de constelaciones.
Miraron al cielo. Estaba nublado.
Eran las nueve y treinta y nueve de la noche cuando se puso el pañuelo alrededor del cuello. Cerró la puerta sin hacer demasiado ruido y se dirigió a la casa de Manuela. Tocó dos veces la puerta. Inés ya había llegado.
Subieron las escaleras y se dirigieron al dormitorio. Colocaron tres sillas frente a la ventana y la abrieron. No se quitó el pañuelo del cuello.
Miraron al cielo. Estaba nublado.
Cuando oyó el tic-tac de su nuevo reloj era la una y catorce de la mañana. El viejo lo había perdido. Se habían dedicado a hablar y a contar anécdotas durante toda la noche. Ya ni siquiera miraban el cielo. Estaban tumbadas en la cama de Manuela mientras el atrapasueños las acompañaba.
Al abrir la puerta de casa, pensó que probablemente la lluvia de estrellas ya hubiera pasado. Puede que no les hiciese falta pedir ningún deseo.

domingo, 9 de agosto de 2009

¿Qué hacen los sueños durante el día?

Anás no podía dormir. Durante otra larga noche iba a quedarse mirando cómo bailaban las cortinas cuando el viento las abrazaba. Odiaba ese tambaleo. No entendía por qué el viento encontraba compañía en aquella noche de verano y él, como desde hace un tiempo, tenía que dormir alejado de su mamá.

No lo dudó demasiado y saltó de la cama. Estaba seguro de que allí no había nada mejor que hacer. Se dirigió hacia el otro extremo de la habitación y fijó la mirada. Siempre le había dado miedo el peluche de su hermana Carla. Ese león sin ojos no le daba buenas vibraciones. Carla siempre le decía que no es que no tuviera ojos, es que no los quería.

Deslizó las sábanas de franela que su hermana se empeñaba en seguir usando en verano, y se metió la cama. Sentía que su cuerpo se quedaba pegado en aquel tejido, pero todo parecía más agradable que regresar a aquel solitario lugar. No pasó demasiado tiempo cuando se quedo dormido.

Anás se quedó mucho tiempo tumbado en la cama a la mañana siguiente. Oía a su hermana mover sus libros de un lado a otro. Desde que tenía deberes resultaba imposible dormir los sábados. Intentó cerrar los ojos pero no era capaz. El león lo miraba. Sí, lo miraba.

Se preguntó qué era lo que hacían los sueños durante el día. ¿Por qué no volvían? Al fin y al cabo, la cortina seguía disfrutando de su compañía.

Tal vez los sueños hacían que la cafetera silbara para que mamá vertiera en su taza ese líquido nada apetecible. Cuando preparaba la merienda de sus muñecos en el jardín el color del zumo de naranja era muy parecido al de aquel mejunje. Él fingía que le gustaba el manjar que había preparado, pero no habría querido ser ninguno de sus muñecos.

Quizás los sueños llenaban de caramelos la caja de hojalata de la abuela, o hacían que sonara su canción favorita en el órgano de Carla.

- Carla, ¿Qué hacen los sueños durante el día?
Carla nunca se había hecho aquella pregunta. Tal vez tocaban el violín para que las cortinas no dejaran de bailar.

El reloj que no quería quedarse allí

Marina nunca había tenido muy buena suerte con los relojes. Solía romperlos, perderlos o ahogarlos. Sus amigas no entendían aquella extraña relación. Sin embargo, Marina pensaba que todo era una simple casualidad. Estaba segura de que encontraría el reloj perfecto para su muñeca. La pulsera que su papá le había regalado, después de soplar las siete velas de la tarta de su cumpleaños, se había quedado muy sola.
Un día, cuando Marina volvía a casa, vio como el cartero dejaba un pequeño paquete en el buzón de su casa. Lo había enviado aquel amigo que vivía tan lejos y que ella necesitaba tan cerca. Estaba ilusionada. Cuando abrió el regalo, su cara cambió. Al fin y al cabo, ella siempre había sabido que nunca había tenido muy buena suerte con los relojes.

Poco a poco, Marina empezó a darse cuenta de que el color de aquel reloj brillaba más que cualquier otro, y que no realizaba aquel molesto sonido que no la dejaba dormir. Tic-Tac, Tic-Tac.

Pasaba el tiempo y Marina se sorprendía a sí misma. No lo había roto, ni perdido ni ahogado. Se sentía tan cómoda con él que a veces se olvidaba de que estaba ahí, y cuando no quería estar a oscuras, aquel brillante reloj la animaba con su tímida luz amarilla.

Las amigas de Marina habían empezado a entender que esta vez el reloj no iba a terminar roto, ni perdido ni ahogado. Marina lo cuidaba fenomenal.

Ya empezaban a colgar las luces de Navidad, cuando Marina llegó a casa. Se sentía sola. En seguida se dio cuenta que la pulsera de papá se había vuelto a quedar sola. ¿Dónde estaba su reloj? ¿Quién iba a acompañarla silenciosamente por la noche?

Marina no podía dejar de llorar. Su madre no paraba de decirle que se le iban a secar las lágrimas. Ella no sabía qué significaba eso, pero estaba segura de que fuera lo que fuese, no era más importante que su reloj.
A la mañana siguiente, el sol brillaba a través de la ventana de Marina. Aquella luz le resultaba familiar. Se miró la muñeca y vio que la pulsera de papá seguía sola. Pero en el fondo ella sabía que su reloj, estuviera donde estuviese, recordaba todos los momentos que habían pasado juntos.

De papel

A Estela le encantaban los barcos. Aunque fueran de papel. Podía pasar horas y horas en el cuarto de baño viendo cómo se tambaleaban de un lado al otro del lavamanos. Cada vez que encontraba folios usados en casa, se asomaba a la ventana de la cocina y gritaba el nombre de su amigo Cristóbal. Él era el único con el que podía compartir su afición.

Estela no disfrutaba confeccionando los barcos, de eso se encargaba Cristóbal. Él era muy detallista. Llevaban años viendo juntos ese dulce balanceo, y Cristóbal nunca había hecho dos barcos iguales. Estela sabía que la elaboración requería su tiempo, pero había aprendido a no languidecerse durante la espera. Si Cristóbal creaba barcos de papel especiales, el recuerdo de su navegar también lo sería. Antes de meter los barcos en el agua, Cristóbal siempre sacaba del bolsillo de su pantalón dos piedrecillas que había cogido de su jardín antes de dirigirse a casa de Estela. Luego, las colocaba en el barco. Eran ellos. Estaban nerviosos pero infinitamente felices.

Algún día verían el mar.

Olor a mandarinas

El lápiz azul

Coral apagó el despertador. Rechistó, se incorporó y volvió a caer en la cama. Oía los tacones de su madre por el pasillo. Tac-tac, tac-tac. Era hora de levantarse. ¿Por qué precisamente aquel día tenía que ir a cuidar a su primo Álvaro? Era sábado.

Abrió la puerta de su cuarto. Miró su cama. Se lavó la cara y se encontró la sonrisa de su madre en el umbral de la puerta. No, su madre nunca se levantaba de buen humor, excepto aquella mañana. Pasó por el pasillo arrastrando los pies y miró fijamente la puerta cerrada del cuarto de su hermano. Su madre la oyó murmurar, pero no sabía lo que había dicho.

Llegó a casa de su tía. Álvaro le abrió la puerta. También sonreía. Se pasó la mañana evitando cualquier tipo de contacto con el resto del mundo. Pero Álvaro, que había aprendido a agudizar el oído para escuchar los cuentos que su vecina le contaba a su hijo por la noche, siempre descubría su escondite.

El niño fue a su cuarto, cogió su lupa, su cuaderno de detective y un lápiz de color azul. Se dedicó a investigar sobre Coral durante todo el día. Álvaro no dejaba de reír. Coral le respondía con muecas. A Álvaro le encantaba su prima.

A Coral se le hizo el día eterno. A Álvaro se le pasó el sábado volando.

Ya eran las ocho de la tarde cuando Coral decidió llevar a su primo al parque. A esa hora no había madres ni padres con ganas de compartir con el mundo las maravillas de sus respectivos hijos. Álvaro se puso sus gafas de visión nocturna. Seguía con el lápiz azul en la mano.

Cuando regresaban a casa Coral no oía ningún ruido. Su primo Álvaro estaba exhausto. De repente, el niño levantó la mano. Desde que iba al colegio había cogido la manía de levantar la mano cada vez que quería preguntar algo. Coral levantó la ceja izquierda.

-“¿Los grillos están cantando o las estrellas están murmurando?”- dijo Álvaro.

Coral rió sin parar. No se acordaba lo bien que sonaba la noche en aquel bonito lugar.