domingo, 9 de agosto de 2009

El reloj que no quería quedarse allí

Marina nunca había tenido muy buena suerte con los relojes. Solía romperlos, perderlos o ahogarlos. Sus amigas no entendían aquella extraña relación. Sin embargo, Marina pensaba que todo era una simple casualidad. Estaba segura de que encontraría el reloj perfecto para su muñeca. La pulsera que su papá le había regalado, después de soplar las siete velas de la tarta de su cumpleaños, se había quedado muy sola.
Un día, cuando Marina volvía a casa, vio como el cartero dejaba un pequeño paquete en el buzón de su casa. Lo había enviado aquel amigo que vivía tan lejos y que ella necesitaba tan cerca. Estaba ilusionada. Cuando abrió el regalo, su cara cambió. Al fin y al cabo, ella siempre había sabido que nunca había tenido muy buena suerte con los relojes.

Poco a poco, Marina empezó a darse cuenta de que el color de aquel reloj brillaba más que cualquier otro, y que no realizaba aquel molesto sonido que no la dejaba dormir. Tic-Tac, Tic-Tac.

Pasaba el tiempo y Marina se sorprendía a sí misma. No lo había roto, ni perdido ni ahogado. Se sentía tan cómoda con él que a veces se olvidaba de que estaba ahí, y cuando no quería estar a oscuras, aquel brillante reloj la animaba con su tímida luz amarilla.

Las amigas de Marina habían empezado a entender que esta vez el reloj no iba a terminar roto, ni perdido ni ahogado. Marina lo cuidaba fenomenal.

Ya empezaban a colgar las luces de Navidad, cuando Marina llegó a casa. Se sentía sola. En seguida se dio cuenta que la pulsera de papá se había vuelto a quedar sola. ¿Dónde estaba su reloj? ¿Quién iba a acompañarla silenciosamente por la noche?

Marina no podía dejar de llorar. Su madre no paraba de decirle que se le iban a secar las lágrimas. Ella no sabía qué significaba eso, pero estaba segura de que fuera lo que fuese, no era más importante que su reloj.
A la mañana siguiente, el sol brillaba a través de la ventana de Marina. Aquella luz le resultaba familiar. Se miró la muñeca y vio que la pulsera de papá seguía sola. Pero en el fondo ella sabía que su reloj, estuviera donde estuviese, recordaba todos los momentos que habían pasado juntos.

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