Coral apagó el despertador. Rechistó, se incorporó y volvió a caer en la cama. Oía los tacones de su madre por el pasillo. Tac-tac, tac-tac. Era hora de levantarse. ¿Por qué precisamente aquel día tenía que ir a cuidar a su primo Álvaro? Era sábado.
Abrió la puerta de su cuarto. Miró su cama. Se lavó la cara y se encontró la sonrisa de su madre en el umbral de la puerta. No, su madre nunca se levantaba de buen humor, excepto aquella mañana. Pasó por el pasillo arrastrando los pies y miró fijamente la puerta cerrada del cuarto de su hermano. Su madre la oyó murmurar, pero no sabía lo que había dicho.
Llegó a casa de su tía. Álvaro le abrió la puerta. También sonreía. Se pasó la mañana evitando cualquier tipo de contacto con el resto del mundo. Pero Álvaro, que había aprendido a agudizar el oído para escuchar los cuentos que su vecina le contaba a su hijo por la noche, siempre descubría su escondite.
El niño fue a su cuarto, cogió su lupa, su cuaderno de detective y un lápiz de color azul. Se dedicó a investigar sobre Coral durante todo el día. Álvaro no dejaba de reír. Coral le respondía con muecas. A Álvaro le encantaba su prima.
A Coral se le hizo el día eterno. A Álvaro se le pasó el sábado volando.
Ya eran las ocho de la tarde cuando Coral decidió llevar a su primo al parque. A esa hora no había madres ni padres con ganas de compartir con el mundo las maravillas de sus respectivos hijos. Álvaro se puso sus gafas de visión nocturna. Seguía con el lápiz azul en la mano.
Cuando regresaban a casa Coral no oía ningún ruido. Su primo Álvaro estaba exhausto. De repente, el niño levantó la mano. Desde que iba al colegio había cogido la manía de levantar la mano cada vez que quería preguntar algo. Coral levantó la ceja izquierda.
-“¿Los grillos están cantando o las estrellas están murmurando?”- dijo Álvaro.
Coral rió sin parar. No se acordaba lo bien que sonaba la noche en aquel bonito lugar.

Muy bonito
ResponderEliminarkeereeemos mas!!
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