domingo, 9 de agosto de 2009

De papel

A Estela le encantaban los barcos. Aunque fueran de papel. Podía pasar horas y horas en el cuarto de baño viendo cómo se tambaleaban de un lado al otro del lavamanos. Cada vez que encontraba folios usados en casa, se asomaba a la ventana de la cocina y gritaba el nombre de su amigo Cristóbal. Él era el único con el que podía compartir su afición.

Estela no disfrutaba confeccionando los barcos, de eso se encargaba Cristóbal. Él era muy detallista. Llevaban años viendo juntos ese dulce balanceo, y Cristóbal nunca había hecho dos barcos iguales. Estela sabía que la elaboración requería su tiempo, pero había aprendido a no languidecerse durante la espera. Si Cristóbal creaba barcos de papel especiales, el recuerdo de su navegar también lo sería. Antes de meter los barcos en el agua, Cristóbal siempre sacaba del bolsillo de su pantalón dos piedrecillas que había cogido de su jardín antes de dirigirse a casa de Estela. Luego, las colocaba en el barco. Eran ellos. Estaban nerviosos pero infinitamente felices.

Algún día verían el mar.

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