Lara se levantaba una hora antes de coger el autobús para ir al colegio. El tiempo justo para ducharse, vestirse, desayunar y, sobretodo, para hacer su cama. Lo hacía despacio, acariciando las sábanas, colocando dulcemente la manta y guardando el calor, que aún permanecía presente, bajo su nórdico. Era como cerrar una caja de secretos, de sueños.
Desde que Lara le preguntó a su abuela por qué su cara parecía una pasa (de esas que ella aborrecía, pero que su mamá devoraba mientras veía las películas de los sábados), no dejaba que nadie se encargara de su cama.
- "Nunca hago la cama. Por eso, se me quedan las marcas de las arrugas de las sábanas por todo el cuerpo."- le susurró su abuela. Sin que cambiase la expresión de su cara, le guiñó un ojo, cogió sus acuarelas y se puso enfrente de su caballete a pintar. Lara tardó en reaccionar, pero su abuela estaba tan ensimismada en su pintura que no se dio cuenta de la estupefacción de la niña.
Gabriela, su compañera de asiento en su viaje hacia el colegio, le había repetido una y mil veces que las arrugas eran simplemente "cosas de viejos". Lara sabía que estaba completamente equivocada, pero no quería imaginarse lo embarazoso que sería decirle a su amiga que no estaba en lo cierto. Definitivamente, la imaginación de Gabriela no tenía límites.
"Cosas de viejos" era lo que mamá le decía a Lara cuando pasaban de la mano de la bisabuela junto a la plaza de la iglesia, y ésta se hacía una cruz en la cara. Lara pensaba en lo triste que se tendría que sentir su bisabuela tocando cuatro puntos distintos de su rostro, notando que sus arrugas eran cada vez más profundas. Era algo común entre los mayores, muchas otras mujeres lo hacían en esa misma plaza cada domingo.
Lara nunca se atrevió a decirle nada a Gabriela sobre la importancia de estirar las sábanas, pero cada vez que iba a su casa se aseguraba de pasar la mano sobre ellas el máximo número de veces posibles. Era difícil darse cuenta de cómo eran las cosas realmente.
Profundizando en el relleno.
Hace 14 años

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